En el curso de una escala aérea en el aeropuerto de Los Ángeles, entre dos vuelos de larga distancia de Londres a la Polinesia Francesa, adonde viajaba para escribir sobre Gauguin y el atractivo de lo exótico en conmemoración del centenario de su muerte, perdí mi principal fuente de información y referencia: la biografía del pintor escrita por David Sweetman.
Me fascina el género de los libros póstumos, ultimamente tan en boga, y estoy pensando en falsificar uno que pudiera parecer póstumo e inacabado cuando en realidad estaría por completo terminado. De morirme mientras lo escribo, se convertiría, eso sí, en un libro en verdad último e interrumpido, lo que arruinaría, entre otras cosas, la gran ilusión que tengo por falsificar.
De pequeña Lauren salía al campo en Kansas y llamaba a los gatos. Éstos acudían uno tras otro por la hierba, cubierta de los primeros hielos del invierno, mientras ella los veía venir a la luz de la luna. Las sombras de las nubes en movimiento formaban un millar de pequeñas intersecciones oscuras ante ella.
La vida no es una novela. Al menos eso es lo que a ustedes les gustaría creer. Roland Barthes sube una vez más por la rue de Bièvre. El mayor crítico literario del siglo XX tiene sobrados motivos para estar angustiado en grado sumo. Su madre, con quien mantenía unas relaciones muy proustianas, ha muerto.
Volví la mirada por las risas, y seguí mirando por las chicas. Lo primero en lo que me fijé fue en su pelo, largo y despeinado. Luego en las joyas, que relucían al sol. Estaban las tres tan lejos que sólo alcanzaba a ver la periferia de sus rasgos, pero daba igual: sabía que eran distintas al resto de la gente del parque.
«El infierno es la música de los demás», escribió el músico de culto Momus en una columna de 2006 para la revista Wired. Se refería a las molestas bandas sonoras que retruenan incesantemente en los centros comerciales y restaurantes, pero su paráfrasis de Jean-Paul Sartre expresa una verdad que a todos nos resulta familiar: cuando odias una canción, tu reacción tiende a ser espasmódica.
Somos dos fumadores de opio cada uno en su nube, sin ver nada fuera, solos, sin comprendernos jamás fumamos, caras agonizantes en un espejo, somos una imagen congelada a la que el tiempo confiere la ilusión del movimiento, un cristal de nieve deslizándose sobre una bola de escarcha cuyas complejas marañas no hay quien entienda, soy esa gota de agua condensada en el cristal de mi salón.
Since Atlanta, she had looked out the dining-car window with a delight almost physical. Over her breakfast coffee, she watched the last of Georgia´s hills recede and the red earth appear, and with it tin-roofed houses set in the middle od swept yards, and in the yards the inevitable verbena grew, surrounded by whitewashed tires.
Eres un traidor, Vladímir, no bebes, ni una sola gota, cabrón, a pesar de los kilómetros de abedules quemados y esas voces roncas gritando que vamos a morir. Después de haber visto Moscú me haces esto, callarte, demasiado ebrio, puede que emborrachado por la vida te hayas dejado ir, mientras el tren llega precisamente a Vladímir.
Mis dos maletas se deslizaban lentamente por la banda transportadora de la sala de llegadas. Eran viejas, de finales de los sesenta, las había encontrado el día antes de que viniera el camión de la mudanza entre las cosas que mi madre guardaba en el desván, y me las adjudiqué de inmediato, iban bien conmigo y con mi estilo, no del todo contemporáneo ni del todo aerodinámico.
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